Frailes Carmelitas Descalzos en Ecuador

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Historia

Nuestros Orígenes

“El origen de la Orden Carmelitana se remonta a un grupo de fieles cristianos, laicos, que, procedentes de Europa Occidental, se establecieron en el Monte Carmelo, a finales del Siglo XII (más o menos en la época de la tercera cruzada, 1189-1192). Y de este Santo Monte tomarán el nombre con el que se les ha conocido a lo largo de estos nueve siglos. El Monte Carmelo más que una montaña es una cordillera que se extiende en dirección noroeste, desde Meggido hasta el Mediterráneo, en el que se adentra el promontorio, formando el lado sur de la Bahía de Haifa. La subida al Monte Carmelo, que se convertiría después, por obra de S. Juan de la Cruz, en el símbolo del laborioso ascenso del hombre a Dios, es difícil por todas sus vertientes y altiplanicies, cortadas por torrentes y barrancos, que no favorecen el paso de un lado a otro.

Es en este sitio donde se estableció un grupo de eremitas latinos. El grupo estaba formado por penitentes, eremitas y peregrinos que adoptan la forma de vida de los movimientos espirituales de la época que se canaliza en la peregrinatio hyerosolymitana, y en la consiguiente espiritualidad. Los eremitas latinos del Monte Carmelo son laicos cristianos que viven en “santa penitencia”, en oración centralizada en la Palabra de Dios.

Ahora bien, estos eremitas latinos deciden tener una organización más sólida y piden y obtienen una Regla o norma de vida, que más tarde se conocerá como la Regla Albertina, en cuanto que fue el Patriarca Alberto de Jerusalén quien se los concedió. Con el tiempo, los ermitaños del Carmelo fueron conocidos como Hermanos de Nuestra Señora del Monte Carmelo. Ya en 1252 este título aparece en una bula Pontificia y probablemente ya con antelación gozaba del favor popular. De esta pequeña semilla nació el gran árbol de la devoción a la Virgen del Carmen”.

Cabe resalta que el lugar elegido por los ermitaños es digno de mención especial, en cuanto que fue la fuente de Elías, el profeta, quien vino a tener durante toda la historia de la Orden del Carmen una marcada huella y una profunda influencia”. ( P. Pedro Ortega ocd.)

 

Historia del Carmelo Descalzo

El Carmelo Descalzo reconoce como madre y fundadora a Santa Teresa, y además con él nos encontramos con la única Orden que ha tenido por fundadora a una mujer, y, a diferencia de las otras ordenes, con rama masculina y femenina, ha sido la femenina, la que ha precedido a la masculina.

No vamos a entrar en la vieja polémica entre el carisma del reformador y el carisma del fundador.  En la Madre Teresa se dio, “querer conservar la continuidad del Carmelo”, lo novedoso no es el pasado en sí, sino el progreso, la mirada al futuro, lo que nos lleva a pensar que Santa Teresa “quiso que naciese un nuevo estilo de vida religiosa”, y lo hace siempre en fidelidad a la Iglesia.

Lo que acabamos de decir es una afirmación que pasará a las constituciones donde nos definimos como “una Orden antigua, que hermana la fidelidad a la tradición espiritual del Carmelo con un afán de renovación permanente”.  Tradición y afán de renovación, dos actitudes legadas al Carmelo Descalzo por su madre y fundadora Santa Teresa.

En el tiempo, siete años, que media entre la visión del infierno, lo que motiva en Santa Teresa el deseo de vivir a mayor perfección, 1559, y la visita del General de la Orden, P.  Rubeo, a Ávila, 1566, se define el ideal teresiano, donde al fin va a predominar lo fundacional sobre los reformador, pues aunque hay en ella un entronque con lo anterior, una búsqueda de la regla primitiva, un deseo de ir a las fuentes de lo carmelitano, los “padres nuestros de donde venimos”, lo novedoso en ella es “la voluntad de autodeterminación” a algo, que, vivido interiormente por ella, va a ser transmitido al grupo o familia por ella iniciada.

En Santa Teresa hay un crecimiento que va desde su deseo de reformarse a ella, o de reformar su orden, lo que motiva la fundación de San José de Ávila, 1562, a una preocupación eclesial, el de la unidad de la Iglesia, la vieja cristiandad, y finalmente, la preocupación apostólica al descubrir la misión, los nuevos espacios que se abren para la Iglesia en el América, el nuevo mundo.

El final de todo este proceso será el desarrollo fundacional que se desata y que llenará el resto de su vida, 1567-1582, y el dar a luz a los frailes descalzos, lo que acontece con San Juan de la Cruz y el P.  Antonio de Jesús en Duruelo, 28 de noviembre de 1568, a los que transmite no sólo su estilo de vida, sino también su pasión o preocupación por la Iglesia y por la salvación de las almas, su ideal apostólico y misionero.