Frailes Carmelitas Descalzos en Ecuador

El arte de la meditación en Santa Teresa de Jesús: ir a lo esencial

Fray Robin Calle ocd
septiembre 2018

 

1) Ir a lo esencial:

"Lo esencial es invisible a los ojos, sólo se ve bien con el corazón"

Si consideramos que estamos atravesando por un momento histórico que altera los paradigmas y valores establecidos, que estamos inmersos en una cultura que tiende a poner al revés las cosas y los estamentos de la sociedad, que deforma la realidad en virtud de sus intereses, que manipula la verdad de la “res” (de la cosa que aparece), de lo que es en sí mismo dado la impositiva primacía de la subjetividad; conviene, entonces, señalar que corremos el riesgo de que lo esencial se torne trivial, y que lo que es trivial, adquiera caracteres absolutos. Dios cayó del pedestal, “ha muerto”, fue el arrogante pronunciamiento de Nietzsche; y ahora, es el hombre el que quiere arrogarse los caracteres absolutos. Lo verdaderamente necesario, se torna irrelevante; y lo relativo pasó a convertirse en una ilusoria necesidad cuasi absoluta.

En esas condiciones, instados nos encontramos a dirigir la mirada a lo esencial, esta vez sin muchos distractores, cantos de sirena, o luces que desde afuera nos arrojan a la superficialidad. En aras de ampliar el horizonte comprensivo que entraña la expresión “mirar a lo esencial”, traigamos a colación las palabras que el Autor Sagrado pone en labios de Jesús: “¡Rema mar adentro!”, de manera que podamos inteligir, desde ya, que ir a lo esencial supone un camino de profundidad. Ahora bien, al decir de Edith Stein: “el acto en el que se capta la esencia es una percepción espiritual, que Husserl denominó intuición”

Por otro lado, no es inoportuno señalar que el mercado y sus paradigmas de consumo, se han encargado de crear nuevas necesidades que en el fondo resultan innecesarias. Surgen, entonces, vanas e ilusorias esperanzas que se esfuman con la prontitud con la que se asoman; y sentimos que “el mundo nos asalta por todas partes con sus vanos reclamos a la emoción o al apetito de los sentidos. La radio, los periódicos, el cine, la televisión, las carteleras y los anuncios luminosos nos rodean incitándonos continuamente a derrochar nuestro dinero y nuestras energías vitales en satisfacciones transitorias y vanas” (Thomas Merton). Lo esencial, por lo tanto, termina evaporándose y diluyéndose, derivando con ello un hombre expuesto a la superficialidad.

Si se atiende con hondura el enunciado “ir a lo esencial”,  nos percataremos que, la misma, esconde un dinamismo vital, que pone en movimiento al hombre; que desata un inquietante deseo de conquistar lo esencial. Es momento de aventurar hacia lo esencial, precisamente para salir de los distintos adormecimientos que pueden tener  al hombre, anclado y fijado, prensado en lo ilusorio. Santa Teresa de Jesús, en ese horizonte de ideas, nos indica que “es tiempo de caminar”; nos señala que es un momento histórico para no quedarnos en nimiedades, para no atornillarnos en los distintos espejismos históricos; sino, que por el contrario, vayamos hacia lo esencial, hacia lo que es en sí-mismo, hacia lo que da sentido y consistencia a la vida humana. Ahora bien, ¿qué es lo que dota de sentido y consistencia a la vida humana? La respuesta esencial que demos a dicha cuestión que envuelve al ser humano, pretendería ser lo esencial en la vida del hombre. De ahí que no toda respuesta a dicha cuestión sea esencial. Lo trivial, no puede convertirse en esencial, aunque se lo quiera pasar como tal.

De lo dicho, se despiertan ya, unas primeras cuestiones que no dejan de ser inquietantes, y que por lo mismo habrá que atender y resolver a lo largo de esta breve meditación, a saber: ¿Qué es lo esencial en Teresa de Jesús? ¿Dónde radica lo esencial para esta mujer? Dichas interrogantes, son las que nos urgen despejar a lo largo de este productivo artículo.

Ahora bien, el caminar hacia lo esencial, exige de antemano un camino que nos lleve precisamente a lo esencial, dado que se trata de ir, de caminar hacia lo esencial. De ahí que nos apremia identificar cuál fue el camino que le llevó a Teresa de Jesús hacia lo esencial. Por dónde se movió, podríamos decir también, de manera que se encontró con lo esencial de sí misma. De lo dicho, se nos permite traer sobre el tapete de esta meditación la contundente expresión bíblica, donde el Autor Sagrado pone en labios del Señor las siguientes palabras: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”; luego, caminar hacia lo esencial, pareciera que no fuera otra cosa, sino la implicación en la Vida de Cristo y sus asuntos fundamentales y esenciales. Todo esto lo iremos desarrollando más adelante, no obstante, conviene ya situar el asunto fundamental de nuestra meditación.

Caminar hacia lo esencial supone, también, afirmar que el hombre existe en el mundo, que está situado en las coordenadas espacio-temporales de manera abierta-hacia-adentro-de-sí, pero también abierto hacia lo que está fuera de sí, como también aperturado a Dios. “¿Dónde estás que no estás?” es la expresión de Gabriel García Márquez y que indicándonos está un hombre que existe fuera de sí, como contrapartida a la persona humana que está abierta a sí misma, a los otros, y evidentemente a Dios.

Hablar de lo esencial en el hombre, es hablar de la interioridad de este, de la verdad  que lo constituye y lo configura. En palabras de Teresa de Jesús es un re-tornar hacia el castillo interior; es decir, volver a conectar con la vida profunda, con el Misterio de Dios que es más esencial e íntimo a la misma intimidad, al decir de San Agustín. A partir de esta intuición agustiniana, uno ya se percata que lo esencial en el hombre es Dios, por lo tanto, caminar hacia lo esencial es caminar hacia Dios que inhabita la interioridad del ser humano. Al respecto dirá Teresa de Ávila:

“Pues tornemos ahora a nuestro castillo de muchas moradas; no habéis de entender estas moradas una en pos de otra como cosa enhilada, sino poned los ojos en el centro que es la pieza o palacio adonde está el rey, y considerad como un palmito que para llegar a lo que es de comer tiene muchas coberturas que todo lo sabroso cercan” (1M 2,8).

Fijémonos todos, en la manera como la Santa de Ávila nos insta a tornar hacia lo esencial, y lo esencial, en boca de esta grande mujer, no se encuentra situado de manera aleatoria y tangencial al ser humano, sino, que lo esencial lo llevamos constitutivamente por dentro; en el “castillo interior” que somos, dirá Teresa de Ávila.

Es “tiempo de caminar”, esto es, de “ir hacia lo esencial”, de “poner los ojos en el centro”; de existir arraigado en un centro de gravedad profundo, que en boca de Teresa de Jesús se llama Jesús de Nazaret. Ir hacia lo esencial, en perspectiva teresiana, señala un desplazamiento hacia la morada interior del hombre, hacia “la pieza o palacio adonde está el rey”, es decir, hacia la persona de Jesús en nosotros mismos.

Si seguimos extendiendo la meditación, nos regalamos la posibilidad de inteligir que la vía hacia lo esencial señala un proceso dinámico a través del cual nos vamos despojando de los múltiples envoltorios que arrinconan lo más auténtico y genuino del hombre, de las distintas corazas y capas  exteriores que terminan llevando al hombre hacia la tiranía de la exterioridad. Ir hacia lo esencial, entonces, pareciera que es entrar en un proceso de des-cubrimiento, esto es, de quitar las capas externas que cubren el interior del hombre, que amordazan el espíritu de éste, que hipotecan o arrinconan la interioridad humana. En palabras de Teresa de Jesús sería lo siguiente: “considerad como un palmito que para llegar a los que es de comer tiene muchas coberturas que todo lo sabroso cercan” (1M 2,8). Lo esencial en el hombre no es tangencial y aleatorio al mismo sujeto humano, sino que es él mismo viviéndose desde adentro; esto es, desde el fondo del ser, desde el “hondón del alma”, desde los recovecos más profundos de la persona.

El camino hacia lo esencial indicándonos está un itinerario que nos conduce hacia una incursión del hombre en sí mismo; y para ello, evidentemente será necesario ir diluyendo, derrumbando, evaporando una serie de cercas, de barreras, de muros y de prejuicios sociales que nos tienen atrapados en medio de la masa amorfa, de la multitud sin rostro, de los individuos sin voz propia y sin silencio autónomo; es decir, viviendo afuera, análogamente a Alguien que existe fuera de su casa, fuera del hogar, sin techo y sin cobijo donde morar.

El itinerario hacia lo profundo, que es otro modo de enunciar la vía hacia lo esencial, nos insta a no huir de nosotros mismos; nos convida a penetrar más allá de la superficie del hombre; esto es, a penetrar las capas distractoras del hombre, de manera que lleguemos hacia el centro esencial de éste. De ahí se infiere el nacimiento de una vida centrada, en contraste con una existencia des-centrada, es decir, un modo de vivir del hombre caracterizado por tener un fondo vital, como contrapartida a una existencia que deviene a partir de los envoltorios superficiales.

Si uno se pregunta por los efectos que resultan de vivir esencialmente la vida, diríamos que uno de ellos es precisamente el “despertar”, o, dicho en otras palabras, la posibilidad de estar despiertos, conscientes en el cotidiano vivir. Estar despiertos en la vida, se convierte en la antípoda a otro modo de existir, a saber: dormidos; y dormidos no es otra cosa, sino estar ausentes en el mundo, carentes de voz y de presencia; arrastrados, por lo tanto, por una vorágine de voces y de ruidos que imperan desde afuera y se imponen tiránicamente sobre el individuo. El despertar, como modo de vivir esencialmente la vida, señalándonos está una especie de muerte del “viejo yo” y sus múltiples paradigmas encubridores, para dar cabida y nacimiento al “nuevo yo”, es decir, a un yo identificado plenamente con Cristo, al decir de Teresa de Jesús. Ir a lo esencial, desde esta perspectiva, entraña dentro de sí la posibilidad de hacer metamorfosis en el hombre, es decir, que desaparezca el gusano de seda para que nazca la mariposa, que muera el viejo yo egoísta, de manera que dé a luz el Cristo solícito a los hermanos empobrecidos de la historia, esta vez en nosotros. Conviene traer a colación el símil comparativo de Teresa de Jesús, para corroborar lo que venimos meditando:

“Ya habréis oído sus maravillas en cómo se cría la seda, que sólo El pudo hacer semejante invención; y cómo de una simiente, que dicen que  es a manera de granos de pimienta, pequeños, que yo nunca lo he visto sino oído y así si algo fuere torcido no mía la culpa, con el calor, en comenzando a haber hoja en los morales, comienza esta simiente a vivir; que hasta que hay este mantenimiento de que se sustentan, se está muerta; y con hojas de moral se crían, hasta que después, de grandes, les ponen unas ramillas y allí con las boquillas van de sí mismos hilando la seda y hacen unos capuchillos muy apretados, adonde se encierran y acaba este gusano que es grande y feo, y sale del mismo capucho una mariposica blanca muy graciosa” (5M 2,2)

Fijémonos, entonces, que la aventura hacia una vida en profundidad, hacia el centro del hombre y de la historia, genera un despertar de la vida, una apertura y una dilatación de la conciencia que se ve involucrado con todo lo que existe. Es un despertar, por lo tanto, en cuanto que se evaporan las más-caras, se diluyen los ropajes que roban o usurpan la genuina autenticidad del individuo. De la evaporación de las más-caras, se infiere que el hombre ya no existe en-cubierto para sí mismo y para los otros, sino des-cubierto, esto es, manifestándose a partir de lo que es esencialmente.

 Nuestros constructos sociales, la configuración de los distintos tejidos humanos, los paradigmas que están rigiendo el devenir de nuestras sociedades, generalmente están caracterizadas por la primacía de la exterioridad; impera, entonces, la imagen exterior, devaluando con ello la cultura de la interioridad. En esas condiciones, evidentemente, que lo esencial queda devaluado frente a una corriente de mercado, a un cierto utilitarismo antropológico que sitúa en la primacía del escenario social la exterioridad: rostro bonito, cuerpo radiante, voz elocuente, pero que permanece ciego al núcleo interior del hombre.

El hombre, entonces, está perdiendo la inteligencia, (intus-legere), si atendemos a lo que etimológicamente quiere significar dicha expresión, a saber: leer por dentro, e interpretar lo que se encuentre por debajo de los múltiples escritos y acontecimientos humanos. El hombre exterior, no-esencial, se caracteriza por la imposibilidad de meterse más adentro de la literalidad de los acontecimientos históricos; de recabar por dentro de las distintas grafías externas e internas que matizan a la persona y su cultura.

De la no-esencialidad, es decir, de la vía que se contrapone al sendero que nos dirige hacia el “centro”, surge la “cultura del descarte”, o lo que podríamos también llamar: cultura de lo desechable; esto es, cultura que usa, instrumentaliza y luego bota, descarta y desecha. Santa Teresa de Jesús, por contraste, nos permite caer en la cuenta que el derrotero hacia el centro del hombre y de los acontecimientos donde éste existe, saca a la superficie la profunda dignidad que constituye al ser humano. De la interioridad orante y relacional, clave en la vida de Teresa de Jesús, surge una genuina y hermosa comprensión del ser humano:

“Considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas; que, si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso adonde dice él tiene sus deleites […]No hallo yo cosa con qué comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad; y verdaderamente apenas deben llegar nuestros entendimientos, por agudos que fuesen, a comprenderla, así como no pueden llegar a considerar a Dios, pues él mismo dice que nos crió a su imagen y semejanza. Pues, si esto es como lo es, no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo; porque, puesto que hay la diferencia de él a Dios que del Criador a la criatura, pues es criatura, basta decir su Majestad que es hecha a su imagen para que apenas podamos entender la gran dignidad y hermosura del ánima” (1M 1,1)

Santa Teresa de Ávila, instándonos está a pasar de la forma exterior imperante, hacia el contenido, hacia el fondo y centro de la vida humana que deviene en medio de la cultura y de los signos de los tiempos. De la intuición teresiana, podemos pronunciarnos diciendo que el hombre es un pozo insondable, y en cuanto tal, estamos llamados a penetrar, esto es, a ir hacia la hondura de la existencia; ahí, donde reposa la gran dignidad del hombre, y por lo tanto, su belleza y su hermosura intransferible. Del envase hacia el contenido, de la piel humana hacia el corazón, de la cascara hacia el fruto, del maquillaje exterior, tan apetecido por el hombre y la mujer de hoy,  hacia los contenidos profundos de estos, es de lo que habla el camino hacia lo esencial; es el punto nuclear adonde apuntaría la aventura de incursionar en el sendero de la vida esencial e interior, al decir de Teresa de Jesús.

Entrar más adentro, es el paralelo de lo que llamamos ir a lo esencial. Más adentro de los espejismos y de lo ilusorio, de lo banal y de lo trivial; es buscar, entonces, la perla que da contenido vital y sustancial al existir humano. Entrar, como un modo de ser que se contrapone a otro modo de ser, a saber: existir afuera, arrojado en la plaza pública, es lo que señala e indica el sendero y derrotero hacia lo esencial. Ahora bien, el modo de entrar más adentro, es a través de la oración. Es la oración la que permite abrir la puerta que nos conduce hacia el centro y mitad de la vida, o del castillo interior, al decir de Teresa de Jesús: “Porque, a cuanto yo puedo entender, la puerta para entrar en este castillo es la oración y consideración, no digo más mental que vocal; que, como sea oración, ha de ser con consideración” (1M 1,7)

Ir a lo esencial, por tanto,  en cuanto que es el asunto que nos compete en esta meditación, nos invita a buscar un centro de gravedad desde donde existir y estar situado en el mundo. El “centro y mitad”, es una bella alegoría teresiana que nos permite decantar y degustar, como también saborear, el sentido que queremos comunicar cuando de la vía esencial estamos hablando. Dejemos, pues, una vez más hablar a Teresa de Ávila: “Pues consideremos que este castillo tiene, como he dicho, muchas moradas, unas en lo alto, otras embajo, otras a los lados; y en el centro y mitad de todas estas tiene la más principal, que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma” (1M 1,3). Ir a lo esencial, entonces, sin mayores eufemismos, es el proceso vital a través del cual y mediados por la vivencia orante, llegamos hacia la unión con el adorable Señor. Esto que acabamos de dilucidar, lo explayaremos de mejor manera más adelante.

Cada vez que nos encontremos con un hombre des-ocultado, con la persona humana des-en-cubierta, vislumbrando estamos a un hombre esencial en cuanto que se manifiesta en el mundo a partir de lo que es, siendo lo que es y no otra cosa. Vive transparentándose, por tanto, a sí mismo, y en sí mismo a Dios, dado que no se encubre. Ir hacia lo esencial, en cuanto proceso dinámico, señala el sendero hacia la unicidad; por tanto, indica el camino que nos llevaría a salir de la alienación existencial, esto es, de un modo de existir enajenado e hipotecado por los intereses y paradigmas mundanos. Un hombre, esencial, en la medida que diluye las alienaciones que oprimen su propia existencia, existe en el mundo de modo en-carnado, e  im-plantado; es decir, ya no de modo etéreo o abstracto, sino con profundas raíces en la tierra, pero por lo mismo, con unas extendidas ramas que se dirigen hacia lo alto, hacia Dios.

El camino hacia lo esencial, llevándole está al ser humano a existir con propiedad, y ya no de manera im-propia la vida. Ahora bien, “la propiedad exige de nosotros, en primer lugar, una riqueza del encarecido poder dis-poner de lo propio” (Martín Heidegguer, Historia del ser, 154). Aquí la “riqueza” no es el derivado de tener propiedades ajenas a la identidad del ser de quien posee dichas propiedades. Rico es aquel que dispone de lo propio con propiedad. Ahora bien, ¿qué es lo propio de lo que se ha de dis-poner para vivir propiamente con propiedad y no ya de manera im-propia la vida? Lo propio es el misterio del hombre para el hombre; luego un hombre y una mujer esencial, es tal, porque dispone responsable y libremente de su vida para el servicio del prójimo. A-propiar-se de su vida en relación con la historia, con el mundo, con Dios, significa existir con propiedad; por lo tanto, vivir esencialmente la vida. Apropiarse supone, aunque nos parezca difícil la comprensión, ser-su-propio-sí-mismo en relación con todo lo que existe, con el Tú con quien deviene extensivamente en el mundo, y con Dios que está a la base de lo que existe.

La vía hacia lo esencial, es vía hacia la Fuente, hacia el oasis primigenio de la vida, pero también hacia el corazón de las periferias. No basta con llegar a las periferias, sino al corazón de las mismas, y eso sería mirar esencialmente al otro, contemplar con profundidad y con hondura las realidades que nos circundan. Un hombre y una mujer esencial, por lo tanto, ven más allá de sí mismos, atisban la realidad que está latente más allá de la suya propia. Un hombre y una mujer esencial saben situarse compasivamente en el drama y en el escenario doloroso de los empobrecidos de la historia. Van, por lo tanto, más allá de su propia orilla, de su pequeño radio o círculo existencial; son capaces de cruzar hacia la otra frontera, esto es, de salir al encuentro del corazón esencial del otro que existe con uno.

Ir hacia el interior, ir hacia lo esencial, implica dejar de existir de manera fosilizada, paralizada y paralizante. Se trata, entonces, de una experiencia que va despertando en el hombre un dinamismo vital; dinamismo que brota de la raíz de la vida, del fondo de la existencia; del propio pozo. Camino, este de lo esencial,  que nos conduce a un vaciamiento de lo que es falso en el ser humano, para que aparezca su verdadero rostro, su genuino semblante, es decir, su esencia. Desde lo esencial es como conectamos con la vida, con los otros, con el mundo; de manera, que podemos decir de la persona humana que existe en el “aquí y en el ahora” de la historia, aunque siempre trascendiendo lo que existe, inclusive, trascendiéndose a sí mismo. Lo esencial, no significa fuga de la realidad, para circunscribirnos en el mundo interior, sino que por el contrario, supone conectar, enraizar con los pliegues de la historia y con sus múltiples matices, pero a partir del mundo interior.

A modo de conclusión conviene resaltar que el itinerario hacia lo esencial, en Teresa de Jesús, es ir hacia Jesús el Cristo, que no acontece fuera del hombre, sino por dentro de éste. De ahí la invitación de la mística de Ávila a “no apartarse de cabe el Maestro” (CV 24,5); porque es en él donde el hombre encuentra a Dios y se encuentra esencialmente a sí mismo. Al respecto dirá la Santa de Ávila: “Alma buscarte has en mí, y a mí buscarme has en ti”.

2) Arte de la meditación en Teresa de Jesús:

“Dios y yo somos uno. Por el conocimiento concibo a Dios en mi interior;

por el amor […] penetro en Dios” (Eckart)

Introducción:

No pasar de largo en la vida.Meditar la propia vida, es decir, penetrar dentro de ella para encontrarnos con ella. Meditar la condición del hombre, de manera que percibamos lo que nos constituye en cuanto hombre.Des-ocultarnos a nosotros mismos, para ser nosotros mismos; entrar dentro de sí, para estar con los otros a partir de sí.Detenernos ante la vorágine agitación a la que nos inducen los distintos escenarios públicos y sus configuraciones internas, no para hacer eco a los mismos, sino para volver a la casa interior. Meditar los acontecimientos históricos, en aras de comprender e inteligir el significado profundo que los mismos ocultan y esconden, muchas de las veces. Estar presentes, no ya ausentes y anónimos en el mundo; conscientes, no ya adormecidos, alienados, e hipotecados en el tablero público. Buscar a Dios, infatigablemente, a través del silencio y de “la soledad que necesitan los amantes”; son algunos de los elementos que evocan e indican una existencia empujada y permeada por la praxis de la meditación.

Objeto de la meditación:

Cuando hablamos del objeto de la meditación cristiana, y de manera mucho más focalizada, de la meditación teresiana, pretendemos señalar el asunto esencial de la misma, esto es, el lugar de su búsqueda, y el asunto que la compete intrínsecamente. La meditación cristiana tiene como objeto la unión con Dios; la comunión con el Señor; y en la cumbre de dicha comunión, lo que Teresa de Jesús llama el  “desposorio” y el “matrimonio espiritual”. Entonces,  lo que busca la meditación teresiana, en sentido estricto, no es otra cosa, sino  la unión con Jesús el Cristo, y en Él con el Padre por la fuerza del Espíritu que ora en nosotros. A través de la meditación, por lo tanto, lo buscamos a Él y no a otro que no sea Él. No es otro el propósito, entonces,  de la meditación cristiana-teresiana que encontrar el tesoro escondido que es el Señor, por quien emprendemos una aventura de ir tras Él. Fijémonos, entonces, que la meditación cristiana-teresiana, no consiste, en aras de aclarar confusiones y distorsiones, en la búsqueda de la armonía y de la paz interior, sino, en  la  búsqueda y en el deseo del Dios de Jesús, en quién terminamos armonizándonos y encontrando la paz interior, y junto con ella, el anhela de bregar por la instauración de la paz, también a nivel exterior y estructural.

“La búsqueda de Dios, pertenece al ser del hombre”, dirá hermosamente Edith Stein. Luego, por medio de la praxis de la meditación, que no es fin en sí mismo, sino camino para llegar al fin, esto es, a la “unión” y al  “matrimonio espiritual con Cristo”, lo que deja entrever el orante es el dilatado y agudo, como profundo y afectivo deseo de su Señor. El hombre que medita, por lo tanto, se convierte en el resonar actual, y en el eco viviente del salmista, que haciendo extensivo el deseo del hombre de todos los tiempos, dijo: “Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti Dios mío” (Salmo 41). Este es, sin ningún tipo de eufemismos y decoros, el asunto inconfundible e intransferible de la meditación cristiana-teresiana, a saber: la unión con Cristo el Señor. No estamos, por ende, ante un repliegue egoísta del orante, sino ante el discípulo del Señor que se despliega desde dentro de sí mismo hacia Jesús el Cristo, que le habita a sí mismo, pero trascendiéndolo. A través de la meditación, lo que el orante procura, es a Jesús a quien le busca denodadamente; y corre tras él, porque en Jesús ha barruntado un pozo inefable e inacabable. Al respecto dirá San Juan de la Cruz:

“Hay mucho que profundizar en cristo, siendo él como abundante mina con muchas cavidades llenas de ricos veneros (pozos), y por más que se cave, nunca se llega al término, ni se acaba de agotar; al contrario, se va encontrando en cada cavidad nuevos veneros de nuevas riquezas, aquí y allí, conforme atestigua san Pablo cuando dice del mismo cristo: en cristo están escondidos todos los tesoros de sabiduría y ciencia” (San juan de la cruz)

Dado que “en Cristo están escondidos todos los tesoros de sabiduría y ciencia”, el hombre y la mujer que meditan en dicho Misterio, esto es, que profundizan y se abisman en las cavidades interiores de Cristo, terminan saturándose de la misma Sabiduría de Dios, no tanto por un conocimiento intelectual del Señor, cuanto por el amor a Él en sí mismo. En ese orden de ideas dirá el Maestro Eckart: “Dios y yo somos uno. Por el conocimiento concibo a Dios en mi interior…por el amor penetro en Dios”. De lo dicho hasta el momento, podemos afirmar que la meditación (oración mental), en perspectiva teresiana, es un modo de orar; y orar no es otra cosa al decir de Teresa de Jesús, sino: “tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (V 8,5). Teresa es muy insistente a la hora de llamar la atención sobre la urgencia de empezar el camino de oración o vida orante; dado que al margen de la oración, el discípulo del Señor se seca y se torna estéril e infecundo. De los labios de la mística de Ávila escuchemos lo siguiente:

“Decíame, poco ha, un gran letrado que son las almas que no tienen oración como un cuerpo con perlesía o tullido que, aunque tiene pies y manos, no los puede mandar, que así son: que hay almas tan enfermas y mostradas a estarse en cosas exteriores que no hay remedio ni parece que pueden entrar dentro de sí, porque ya la costumbre la tiene tal de haber siempre tratado con las sabandijas y bestias que están en el cerco del castillo que ya casi está hecha como ellas” (1M 1,6)

La oración de meditación conduce  a la persona del orante, y en ello estamos cuando hablamos del objeto de la meditación teresiana, a “pensar y escudriñar lo que el Señor pasó por nosotros” (V12,1), y esto, aunque sea obra del entendimiento, es un profundo acto de amor por parte del hombre que ora. La oración-meditación, como toda oración cristiana, está vehiculada hacia Cristo, hacia la comunión con él; hacia la recepción por parte del orante de los “mismos sentimientos de Cristo(Fil 2,5), de manera que en los estadios superiores de la vida orante (desposorio y matrimonio espiritual), el hombre pueda decir con San Pablo: “Ya no soy yo quien vive, ahora es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). Es, entonces, la meditación teresiana, eminentemente cristocéntrica, esto es: a la base de la misma está Cristo, pero también, el punto de llegada o culmen de la meditación teresiana, es el adorable Señor. Al respecto, Teresa de Jesús no nos permite perdernos cuando sin decoros nos recordará:

“Llamo yo meditación al discurrir mucho con el entendimiento de esta manera: Comenzamos a pensar en la merced que nos hizo Dios en darnos a su único Hijo, y no paramos allí sino vamos adelante a los misterios de toda su gloriosa vida. O comenzamos en la oración del huerto, y no para el entendimiento hasta que está puesto en la cruz; o tomamos un paso de la pasión, digamos como el prendimiento y andamos en este misterio considerando por menudo las cosas que hay que pensar en él y que sentir,  así de la traición de Judas como de la huida de los Apóstoles y todo lo demás; y es admirable y muy meritoria oración” (6M 7,10)

Camino de la meditación:

La consecución de un fin, requiere un camino, un método, un derrotero a seguir, de modo que lo alcancemos. Si consideramos que el objeto de la meditación es la unión con Dios, no podemos dejar de enunciar que dicha unión es fruto de la Gracia divina, de la manifestación y de la revelación generosa de Dios al hombre que “como la cierva que busca corrientes de agua”, éste lo busca a Dios. A partir de este presupuesto teológico, e indicando que Teresa de Jesús fue bastante renuente a los métodos: “lo que más os despertare a amar, eso haced” (4M 1,7), lo que no quiere decir, que haya adolecido de una praxis regular, conviene señalar que el camino de la meditación es la oración mental, y que no es otra cosa la misma, sino “tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (V 8,5). Dicho esto, es importante recordar que el objeto de la oración mental, no es el hombre en sí mismo, no son sus propios pensamientos y sus propios sentimientos; sus emociones y sus reacciones.

Todo ello está considerado en la meditación cristiana-teresiana, dado que urge la integración de la vida muchas de las veces fraccionada y rota, sin embargo, el objeto de la oración mental, es la atención a Dios y la penetración en su Misterio, que en su Hijo Jesús salió al encuentro del hombre. Dios y el camino hacia Dios son dos cosas diversas, si acentuamos que la oración mental no es fin en sí mismo,  sino un camino que nos permite desembocar en el océano infinito del Señor; que nos posibilita al decir de Santa Isabel de la Trinidad, hundirnos en el abismo insondable del Señor; esto es, penetrar en su misterio amoroso e inefable.

Fin último de la meditación:

No es mi afán redundar monotemáticamente en un mismo asunto, dado que lo que hemos dicho respecto al objeto de la meditación, guarda cierta afinidad de sentido con lo que queremos indicar referente al fin último de la meditación cristiana-teresiana. Con el propósito de hacer un claro señalamiento respecto a la teleología de la meditación teresiana, esto es, al fin último de la misma, es menester traer a colación al místico Juan de la Cruz, que dice lo siguiente:

“es de saber que el fin de la meditación y discurso en las cosas de Dios es sacar alguna noticia y amor de Dios, y cada vez que por la meditación el alma la saca, es un acto. Y así como muchos actos […] vienen a engendrar hábito en el alma, así muchos actos de estas noticias amorosas, […] vienen a continuarse tanto, que se hace hábito en ella” (2s 14,2)

“Sacar noticias amorosas de Dios”, será posible en la medida que se conjuguen armónicamente el deseo de Dios por parte del orante, y la amorosa manifestación del Señor que revelándose y descubriéndose a Sí-Mismo, permite al orante tomar sobre sí algo de lo que es Dios. No es por el intelecto, únicamente, como acariciamos el Misterio de Dios, sino ante todo por el amor; dado, “que por el conocimiento concibo a Dios…por el amor penetro en Dios” (Maestro Eckart). Penetrar en Dios, en cuanto fin último de la meditación, significa “permanecer en el Señor”, análogamente a la manera como la rama permanece unida al tronco.

Por la oración de meditación, inicia el  ascenso del hombre hacia Dios, y se efectúa, dicho ascenso, también por medio de la reflexión. A través del ejercicio discursivo, de la facultad discursiva, el orante busca hallar la verdad de Dios. Canaliza su atención reflexiva hacia la persona de Jesús, para en él atisbar alguna amorosa noticia de Dios para el alma sedienta de divinidad. Nos encontramos, ante el orante que anhela visualizar la tierra, y el mundo divino. En la oración-meditación intervienen facultades humanas como el entendimiento y la imaginación, pero también ha de estar inmiscuido allí, de modo fundamental, la zona afectiva del hombre; esto es, la amorosa voluntad. Dicho en otras palabras: Al Señor no llegamos únicamente por la cabeza, sino, ante todo por el corazón, dado que “no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho; y así lo que más os despertare a amar, eso haced” (4M 1,7). La oración-meditación constituye el primer paso en el dinámico ascenso hacia la total identificación con Cristo.

Por lo tanto, no basta con extraer noticias y verdades divinas, dada la penetración en el Misterio, sino que ello será importante en la medida que le lleve al orante a la comunión y a la plena identificación de vida y de proyecto con el adorable Señor. Cada acto de oración mental, aunque tenga un propósito práctico, debe ponernos  en comunión directa con Dios ya aquí en la tierra. “Remar mar adentro” y penetrar en lo inefable e insondable del Misterio divino, es el asunto decisivo y último de la meditación teresiana. Por tal motivo, si lejos de propiciar un ensanchamiento de la conciencia y de la personalidad, de aperturarnos a Dios, la meditación llevase al orante hacia un empequeñecimiento y reduccionismo, como a un encerramiento en sí mismo, no nos encontraríamos en las coordenadas de la meditación cristiana-teresiana. La meditación teresiana, aparece entonces como el umbral que se nos abre para acceder al hondón del adorable Señor; y con ello, para dilatar la propia existencia.

Sacar agua del pozo: asunto esencial de la meditación-teresiana:

“Sacar agua del pozo”, recoger alguna noticia amorosa de Dios resultan expresiones constantes a la hora de abordar la meditación teresiana. La manera de sacar agua, es destinando los sentidos a Dios, de manera que éstos no estén “desparramados, distraídos o enajenados”. Se trata, entonces, de almas que por la meditación se habilitan para desear “siempre pensar en Él, y amarle”. La meditación, que en clave teresiana, nos lleva a apropiarnos de nosotros mismos, es lo que procura que los hombres “anden señores de sí mismos” (V 11.14), como muy bien nos lo enfatizó Teresa de Jesús:

“De los que comienzan a tener oración, podemos decir son los que sacan agua del pozo, que es muy a su trabajo, como tengo dicho, que han de cansarse en recoger los sentidos, que como están acostumbrados a andar derramados, es harto trabajo. Han menester irse acostumbrando a no se les dar nada de ver ni oír, y aún ponerlo por obra las horas de la oración, sino estar en soledad, y, apartados, pensar su vida pasada; aunque esto, primeros y postreros, todos lo han de hacer muchas veces” (V 11,9)

En la oración de meditación, dado que nos encontramos en los puntos germinales de la vida orante, conviene indicar, que es el hombre quien de manera activa, “muy a su trabajo”, dirá Teresa de Jesús, toma las riendas de la misma. Estamos en los primeros momentos de la vida de oración, por ello es conveniente que el corazón de principiante no pierda de vista a su Señor, como muy bien lo formula San Juan de la Cruz:

“Y para que mejor entendamos esta condición de principiantes, es de saber que el estado y el ejercicio de principiantes es de meditar y hacer ejercicios discursivos con la imaginación. En este estado, necesario le es al alma que se le dé materia para que medite y discurra, y le conviene que de suyo haga actos interiores y se aproveche del sabor y jugo sensitivo en las cosas espirituales, porque, cebando el apetito con sabor de las cosas espirituales, se desarraigue del sabor de las cosas sensuales y desfallezca a las cosas del siglo” (CB 3,32)

Por el ejercicio de la meditación, el orante lo que conseguirá es deleitarse sensitivamente en las cosas espirituales. Empieza el itinerario que le empuja a gustar y a saborear el corazón de Dios. Es en ese momento de la oración-meditación hecha experiencia, cuando el orante levanta la voz al mundo diciendo: “Gustad y ved que bueno es el Señor”. En palabras de San Juan de la Cruz, la meditación pretende lo siguiente:

“disponer y habituar el espíritu a lo espiritual por el sentido, y para, de camino, vaciar del sentido todas las otras formas e imágenes bajas y temporales y seculares y naturales” (2S 13,1)

 La meditación, entonces, genera una transformación del apetito y de los deseos humanos. Dada la noticia que se va adquiriendo de Dios, se van diluyendo los intereses mundanos, y el hombre terminará hecho uno solo con el Señor. De la oración de meditación, surge que el corazón de piedra, atrapado en los placeres y gustos mundanos, se dilata y se diluye para dar cabida a la alegría y al gozo profundo que brotan del encuentro con el Señor.

Tema y praxis de la meditación:

El tema normal de meditación teresiana, ha de ser un misterio de la fe cristiana. Por ejemplo, la encarnación del Verbo, la Pasión de Jesucristo, la transfiguración del Señor, la vida oculta de Jesús. Ayuda mucho partir de un relato bíblico, y detenernos amorosa e inteligentemente sobre el mismo, haciéndonos partícipes o involucrándonos en el relato. Para ello ayuda mucho la imaginación. Teresa de Jesús se inmiscuía dentro del texto que estaba meditando, se involucraba como una más de los interlocutores de Jesús que aparecían en el escenario bíblico que estaba meditando. No olvidemos que el asunto fundamental de la meditación consiste, ante todo, en permitirnos ver y experimentar los misterios de la vida de Cristo. El contacto espiritual con el Señor a través del texto sagrado, esto es, por medio de los evangelios, es el auténtico objetivo de la meditación teresiana.

“Siempre yo he sido aficionada y me ha recogido más las palabras de los Evangelios que libros muy concertados; en especial, si no era el autor muy aprobado, no los había gana de leer” (CV 21,4)

Se propone, entonces, como ejercicio práctico de la meditación cristiana-teresiana, acercarse a uno de los misterios de la vida de Jesucristo y penetrar a la luz de una amorosa inteligencia creyente, en dicho misterio. La Pasión del Señor, por ejemplo, u otro relato bíblico. Por la meditación empezamos a rumiar y a masticar algún relato bíblico, donde aparece ante nuestra conciencia, ante nuestra inteligencia, y, ante nuestro corazón, el mismo Jesucristo, y en Jesucristo el Padre revelándosenos personalmente. Una vez más traigamos a colación la experiencia de Teresa de Jesús:

“Puede representarse delante de Cristo y acostumbrarse a enamorarse mucho de su sagrada Humanidad, y traerle siempre consigo y hablar con Él, pedirle para sus necesidades y quejársele de sus trabajos, alegrarse con Él en sus contentos y no olvidarle por ellos” (V 12,2)

Rumiar, masticar, saborear, digerir, gustar y amar el Misterio de Dios, con una solícita y amorosa atención por parte del orante es lo que permea la praxis de la meditación cristiana-teresiana. Del hecho de saborear a Dios, de gustar y deleitarnos en la persona de Jesús el Cristo, se desprende en el orante un “affectus” especial por su Señor, un amor incontenible hacia Dios y hacia los hermanos, y el deseo de pronunciar con el salmista: “gustad y ved que bueno y dulce es el Señor” (Salmo 34,8). Gustad y ved al Señor, es lo que está a la base de la praxis de la meditación cristiana-teresiana. “Contempladlo y quedaréis radiantes” (Sal. 33) son las profundas intuiciones que brotan de los labios del salmista, y que han de ser, también, las amorosas expresiones del hombre y de la mujer que medita en su Señor. De ver al Señor por el amor, se genera una transfiguración de la existencia: “quedaréis radiantes”, como radiante es el Señor, nos recuerda el místico salmista.

¿Cómo hacer la meditación?

a) Recogimiento:

Es menester empezar a caer en la cuenta de la necesidad de recogernos, de tomar sobre sí los sentidos, y las potencias del alma (memoria, entendimiento, voluntad), de apropiarnos de nuestros sentimientos, emociones y pensamientos, de disponer de nuestras facultades interiores como la inteligencia y la voluntad, de modo que las mismas no devengan  como caballos desbocados y sin frenos; como la “loca de la casa”, es decir, de la mente. Resulta oportuno, hasta por salud mental y psíquica, buscar espacios y momentos para recogernos a lo largo del día. En medio del bullicio o de la vorágine de ruidos, de la aplastante campaña publicitaria que pueden terminar contaminando los ojos, los oídos y el corazón del hombre, conviene recoger nuestros sentidos dentro de sí, de manera que nos restauremos y nos purifiquemos continuamente. Sin embargo, habrá que señalar, de igual manera, que  el recogimiento interior de los sentidos y de las potencias del alma, en tanto medios para ejercitarnos en la meditación cristiana-teresiana, tienen un propósito, ante todo teologal, por encima de cualquier valor terapéutico, esto es, llevarnos a poner nuestra atención en el Señor, a centrar nuestra atención en el Dios de Jesús. Al respecto, conviene volver a escuchar de los labios de Teresa de Jesús lo siguiente:

“Llámese recogimiento, porque recoge el alma todas las potencias y se entra dentro de sí con su Dios, y viene con más brevedad a enseñarla su divino Maestro y a darla oración de quietud, que de ninguna otra manera, porque allí, metida consigo misma, puede pensar en la pasión y representar allí al Hijo y ofrecerle al Padre y no cansar el entendimiento, andándole buscando en el monte calvario y al huerto y a la columna” (cv 28,4)

Si uno considera la remota o acuciante posibilidad de que los sentidos pueden estar intoxicados por la influencia de los medios de comunicación, de los aparatos ideológicos del mercado, por las modas del momento, por las retóricas imperantes, por los constructos sociales patológicos; el recogimiento interior, es un acto restaurador y salvífico para el orante que se dispone a vivir en el Señor. Por la vía del recogimiento interior, el orante retorna una vez más dentro de sí, y desde ese ámbito vital y sagrado dirige la atención al único Kyrios o Señor de la historia, a saber, Jesucristo el Logos del Padre.

El orante se recoge, o dicho de mejor manera, recoge los sentidos y las potencias del alma que muy bien pueden estar desparramados fuera, derrochados en el exterior, para así empezar a labrar la miel, análogamente a la manera como las abejas se introducen en la colmena para ahí fabricar la sustanciosa y nutriente miel. Por lo tanto, recoger los sentidos, no es un acto estéril, sino profundamente fecundo, dado que en Dios el hombre se ensancha, se dilata, crece y potencia lo mejor de sí mismo. Escuchemos a Teresa de Ávila: “que se vienen las abejas a la colmena y se entran en ella para labrar la miel” (cv 28,7); de modo que quede claro el sentido del recogimiento interior; esto es, que se agudice la conciencia de que es en Cristo, en sus cavidades interiores donde el hombre fabrica la mejor miel para sus hermanos. A propósito de estar derramados, esto es, de vivir en la superficie de la vida, conviene traer a colación un texto teresiano, mismo que aparece como la antípoda a un modo de existir sin hondura, sin altura, y por lo tanto, sin profundidad:

“Las que de esta manera se pudieren encerrar en este cielo pequeño de nuestra alma, adonde está el que le hizo y la tierra, y acostumbrar a no mirar ni estar adonde se distraigan estos sentidos exteriores, crea que lleva excelente camino, y que no dejará de llegar a beber el agua de la fuente, porque camina mucho en poco tiempo. Es como el que va en una nao, que con un poco de buen viento se pone en el fin de la jornada en pocos días, y los que van por tierra tárdanse más” (CV 28,5)

De lo enunciado en este apartado, el lector puede inferir la invitación de Teresa de Jesús a entrar dentro de sí; a tomar los propios sentidos y las potencias del alma para conectarlos con el fondo del castillo interior, que, en sentido propio,  es el hombre en su realidad más íntima. Refiriéndose a esto dirá  nuestra Carmelita Descalza:

“Pues tornando a nuestro hermoso y deleitoso castillo, hemos de ver cómo podremos entrar en él. Parece que digo algún disparate; porque si este castillo es el ánima claro está que no hay para qué entrar, pues se es él mismo; como parecería desatino decir a uno que entrase en una pieza estando ya dentro. Mas habéis de entender que va mucho de estar a estar; que hay muchas almas que se están en la ronda del castillo que es adonde están los que le guardan, y que no se les da nada de entrar dentro ni saben qué hay en aquel tan precioso lugar ni quién está dentro ni aun que piezas tiene. Ya habréis oído en algunos libros de oración aconsejar al alma que entre dentro de sí; pues eso mismo es”. (1M 1,5)

Ahora bien, de meditar en el Señor, de haber entrado dentro de sí, brota lo que Santa Teresa de Jesús concibe como la oración de quietud. Oración, que a diferencia de la oración de meditación ya no es trabajo del orante, sino gracia sobrenatural de Dios. A la oración de quietud, Teresa lo conoce como el segundo grado de oración. Una vez más dejemos que Teresa nos hable:

“Aquí se comienza a recoger el alma, toca ya aquí cosa sobrenatural, porque en ninguna manera ella puede ganar aquello por diligencia que haga […] Esto es un recogerse las potencias dentro de sí para gozar de aquel contento con más gusto; mas no se pierden ni se duermen; sola la voluntad se ocupa, de manera que, sin saber cómo, se cautiva; sólo da consentimiento para que la encarcele Dios, como quien bien sabe ser cautivo de quien ama” (V 14,2)

A la luz de esta experiencia se enciende el amor y el ardor hacia el Señor, de manera que el orante se encuentra mayormente identificado con Cristo, y predispuesto para seguir caminando hacia la unión, hacia el desposorio y hacia el matrimonio espiritual.

Frutos de la meditación-teresiana:

Las obras y las virtudes, además de la humildad que quedan en el orante, así como el deseo de honrar a Dios en el servicio a los hermanos, son el termómetro a través del cual contemplamos la veracidad de la oración de meditación-teresiana. Al respecto Teresa de Jesús en carta dirigida al Padre Gracian manifiesta lo siguiente:

“El caso es que en estas cosas interiores de espíritu la que más acepta y acertada es, la que deja mejores dejos […] llamo dejos, confirmados con obras y que de los deseos que tiene de la honra de Dios se parezcan en mirar por ella muy de veras, y emplear su memoria y entendimiento en cómo le ha de agradar y mostrar el amor que le tiene. ¡Oh que esta es la verdadera oración, y no unos gustos para nuestro gusto no más. Yo no desearía otra oración sino la que me hiciese crecer en virtudes. Si es con grandes tentaciones y sequedades y tribulaciones y esto me dejase más humilde, esto tendría por buena oración; pues lo que más agradare a Dios, tenía por más oración” (Ct 23 0ctubre de 1576)

Aunque no podemos prescindir de las obras que genera la meditación cristiana en el orante; es decir, de una transformación interior y exterior que da a luz la praxis de la meditación; tampoco podemos olvidar que el fruto por excelencia de dicha meditación, es la unión con Dios. Este es en realidad el fruto más exquisito en la vida del orante; ante el cual todos los demás frutos aparecen subordinados categóricamente. El fruto de la meditación teresiana, es el “matrimonio espiritual”, concebido el mismo como una total identificación y pertenencia a Cristo. Escuchemos, para ello, las palabras dirigidas por Jesús a Teresa su esposa:

No hayas miedo, hija, que nadie sea parte para quitarte de Mí; dándome a entender que no importaba. Entonces representóseme por visión imaginaria, como otras veces, muy en lo interior, y diome su mano derecha, y díjome: Mira este clavo, que es señal que serás mi esposa desde hoy; hasta ahora no lo habías merecido; de aquí adelante, no sólo como Criador y como Rey y tu Dios mirarás mi honra, sino como verdadera esposa mía: mi honra es tuya y la tuya mía (CC 25)
Del matrimonio espiritual, que está a la cumbre de la meditación teresiana, brota la compenetración del ser del orante en el ser de Dios, y del ser de Dios en el ser del orante. Dicha experiencia ha de ser el fruto anhelado por el discípulo del Señor, que a través de la meditación se dispone interior y exteriormente para seguirle al Señor en sus mismos senderos y propósitos.